-Está en mi casa- le dije.
- ¿Y tu papá? - Me preguntó
- No vive conmigo... - Le contesté.
- ¿No está en la casa?
-No...
- ¡DIOS MIO! - Exclamó. Y me abrazó.
Aquí la vida se va creando por períodos estacionales o de continuos indescriptibles… Se trata de describir más que de definir… No se busca la exclusión ni la predestinación mística… Eso solo lo sabe Dios… Los colores llegarán con el tiempo… Se fué el luto... Hay otro tiempo... Sus palabras entran más acá...
En los últimos meses estuve desaparecido...
Lo cual no encuentro que sea malo; estoy convencido que a ratos necesitamos tiempo para estar solos, aclarar nuestras ideas, vomitar algunas cosas, comer nueva comida, despejarnos, airearnos, quitarnos los odios y llenarnos de amores nuevos...
Sacar de nosotros las esclavitudes viejas y persistentes, reemplazándolas por aquellas libertades en las cuales Dios nos deja vivir, esforzarnos, descansar también...
Estos últimos meses me han significado el esforzarme de una forma distinta... He aquí ya no habían tantos monstruos externos, como yo, el gran monstruo... Una gran bestia... Una olla de rabia, un hervidero de pasiones, de cosas, connotaciones internas en las que Dios y yo sabemos cómo, en términos particulares, pasamos de pálidos colores a un gris oscuro casi negro...
Estos últimos meses me he cuestionado todo, desde la existencia, hasta Dios... La existencia de la existencia y la existencia de un yo respecto a Dios... Me he despersonalizado, cosificado en relación a otros... He cosificado a otros... He querido estar lejos, estar solo... sin que alguien me pregunte "¿como estás?", sin que nadie se atreviese a preguntar para responder un robótico "que bueno..." y yo esperase de mi una pregunta que implique cierta reciprocidad...
Llegué a odiar muchas cosas, muchas situaciones... Llegué también a admirar con la boca abierta algunas cosas; acríticamente... Me hice de algunas esclavitudes... Me volví insensible a muchas cosas... A muchas situaciones, a las cosas que las personas sentían. También me ausenté de los procesos de mis amigos.
Cuando un amigo muy querido me preguntó si era cristiano, no supe responder... Me costó... Fue la pregunta más difícil de contestar a la que me he tenido que enfrentar (por si fuera poco con físico-química)... Me costó un mundo, en esa consulta donde el cartel de acupuntura parecía apuntar a los centros de mi duda, a los centros de mi incapacidad... Y como si una de esas agujitas me hubiera cruzado algún nervio del habla, mi boca, mi lengua, mi corporalidad, en esa salida en un octavo piso, se durmieron... No pude responder hasta un minuto después (el que me pareció como si hubiera sido mayor cantidad temporal) Quizá lo más milagroso (o indecente), fue que respondí con todo mi entumecimiento que si. Que sí era cristiano, que lograba responderle a mis amigos que yo podía aceptar que la verdad de Cristo era fundamental para mi (o que al menos, sentía mucha afinidad por Cristo, este amigo de personas odiables y odiosas como yo)...
Así y todo cuando pude salir del horrible abismo de mi mentalidad crítica y a-crítica, choriza y rasca, luchadora al final... Al salir me di cuenta que lo que me faltaba era sinceridad: Imaginarse a un odioso ser humano que al final de todo no es capaz de ser sincero... Quizás lo peor no es que no sea sincero con Dios... Dios puede relacionarse con los insinceros y El seguirá hablándole a la puerta sin manilla que es él... A El no creo que le cause algún rollo existencial encontrar a aquellos que dicen, al menos sentir alguna afinidad práctica con El y/o con su mensaje, que ellos no estén muy convencidos de lo que dicen decir... A Dios no se le enredan los pájaros de su actividad relacional porque alguno de nosotros tenga problemas con los significantes y los significados ideales... El rollo más grande y terrible, sea quizás no ser insinceros con Dios, porque El nos ama aún con nuestra insinceridad... El problema que quizás acarrea más tragedias sea el de tratar de decir que somos sinceros con nosotros mismos, y lo peor sea que no lo somos... Peor de los peores aún... Es que no nos damos cuenta que ni siquiera somos sinceros con nosotros mismos...: Somos una hoja que el viento eleva con una pequeña corriente de otoño, que lleva a un lejano lugar, desde un lugar muy, muy distante; para al fin lograr ser aplastados por un señorcete al que no le importa aplastar hojas de otoño, porque están muy crujientes, frágiles, fácilmente rompicionables...
¡¡¡DIOS LÍBRANOS DE NUESTRA INSINCERIDAD CONTIGO, PERO LÍBRANOS MÁS DE NO DARNOS CUENTA QUE SIQUIERA PODEMOS CONFIAR TANTO EN NOSOTROS, EN NUESTRA SINCERIDAD...!!!
Quizás lo que me da más lata sea que no pude, en mi ensimismamiento, estar cerca de mis amigos... Me topo con que, al salir de mi zona de incomodidad, la vida no detuvo su reloj y los demás, con sus problemas y sus alegrías o pseudoalegrías, se ven a lo lejos hemosas, hemosos o con apariencia de aparente hermosidad... A algunos no los he visto, y me encantaría verlos...
Cuando pasó el tiempo y me di cuenta de todo lo que pasó con mis amigos, a los que digo querer mucho, y lograr contrastarme a mí en la lejanía de ellos, fue una triteza, pero no un llanto, solo rabia conmigo... Rabia de no estar, y preguntarme dónde estuve en todo este tiempo... Y al buscar en mi memoria me encuentro en lo de más arriba...
Así y todo hoy puedo disfrutar la vida...
Veo todo más claro (no completamente, como si hubiese alcanzado algún estado nirvánico). El atreverme a encontrar con Dios y con lo que quedó de mi, siento que me ha hecho bien... No quiero recomendar a la gente que lea esto que lo haga (si le place hacerlo, hágalo), porque considero que los procesos de cada uno son personales en la percepción... Y no creo que sean estandarizables, aunque en cada uno de nosotros haya un pequeño griego con ganas de encontrar la esencia de las cosas, lo general y aplicable para todos... Pero si, a mi me ha hecho bien ser sincero con Dios y conmigo mismo...
Así no más po'...
Ahora, y como siempre, sobre todo en la iglesia-institución, sigo siendo un aparecido...
Mi vida continúa, en este contínuo...
Eran como las 17.20. Caminaba por la vereda este, por General Bustamante, hasta llegar a Baquedano. todavía no veía el edificio celular de la ahora Movistar... Me iba a poner los audífonos (de los cuales el que dice "R" está malo la maor parte del tiempo)... y a ratos esa vereda se hace angosta cuando vamos varios y queremos caminar y queremos adelantar a otro para caminar... De pronto, más adelante, vi un caballero caminando con una mochila de campamento en su espalda, la mochila estaba algo sucia, sus colores se veían algo grasientos... Debo admitir que aunque caminábamos en el mismo sentido y yo le veía la espalda (su gran mochila en realidad), su andar me intimidó... Desde este año y por motivos que no profundizaré acá los pobres me intimidan... Creo que más que las personas pobres, son aquellos con apariencia de pobres, que te vienen a pedir cosas... Esos que apelan a la lástima, esos que se tiran al suelo, te dicen en qué calles transitan y te comprometen a que los vayas a ver... Esos que te cuentan lo que les duele, de qué carecen y que te miran esperando una respuesta inmediata, removiendo en ti la culpabilidad de verlos como enemigos...
Yo quería adelantarlo, pero no podía, se tambaleaba y no me dejaba pasar, pensaba que estaba un poco borracho, pero no sentía su olor característico... Tampoco sentía ese olor que deja la calle a la gente... Pensé que "cómo tan prejuicioso", que en una de esas voladas espacio-temporales trastornadas, él podría ser mi futuro frente a mi. "Yo podría ser él", pensé ... De pronto vi un resquicio entre su tambalear que ocupaba la mayor parte del paso y la muralla que cercaba nuestra diestra y traté de adelantarme por su derecha, y me pasó a llevar con su brazo muy despacio. Me pidió disculpas, le hice un gesto de que no importaba, que no se preocupara, que no había pasado nada mientras ambos seguíamos hacia adelante; me pidió disculpas otra vez y me dijo que no veía por "este ojo" (indicó el ojo derecho) y que cada vez le quedaban menos dedos en "este pié" (dijo señalando el pié izquierdo asomando una sonrisa), mientras no dejaba de caminar.
[En la foto: por ahí a la izquierda y un poco hacia el fondo me encontré con Oscar]
Le pregunté cómo se llamaba.
-Oscar- Me dijo.
-¿Y qué le pasó?- le dije mientras seguíamos caminando.
- Tengo diabetes.
-¿Y desde hace cuánto?
-Cinco años... -Se miró su calzado- no debería usar zaptillas... debería usar una bota. Ahora voy para San Pablo con [no me acuerdo qué]... La bota me sale como 40000 pesos... A mi me encuentra cerca del hospital, para allá donde está la universidad [me imagino que se refería al Hospital Salvador, donde está la UTEM]. - Y aquí fue cuando mis barreras se rompieron...- Pero espero reunirlos con la ayuda del Señor... [parece que habló en plural, pero no me acuerdo...]
Llegamos a la esquina, donde está el edificio con forma de celular, al lado del metro Baquedano, por la entrada de la línea 5...
-Pucha... Ojalá que le vaya bien, Oscar... Chao...
-Chao- Se despidió.
Después de ver su chaqueta limpia y su rostro en las mismas condiciones, con su ropa lavada hacía poco (quizás más seguido que la mía), me quedé pensando... Me quedé pensando en las tonteras por las que me preocupaba cada día. Luego me pasé al tema de los pisos económicos con los que nos encontramos que permiten cierta base de posiblidades. Luego pensé en no se qué cosa... La cuestión es que Oscar me cayó bien... Pero generó otra cosa en mi, otra cosa que siento que o la había olvidado y en estos días estoy experimentando de forma más frecuente, o no le he conocido previamente... Oscar me trajo reconciliación, en gran escala, a pesar de haber caminado juntos sólo media cuadra...
Dios en estos días me ha traído reconciliación, justo con aquellos con los que he sentido que me han hecho daño y me deben, o que en lo más profundo de mi ser siento que me deben, por más irracional o forzada que sea la relación...
Cuando iba cruzando lo que ya es la Alameda, así como llegando al Telepizza. Pensé me acordé de ese pasaje donde Jesús habla de quiénes son su madre y sus hermanos y siento que siempre lo confundo con otro, con ese en el que habla de los pobres, las viudas, los huérfanos, los que estaban en la cárcel. Que al visitarlos a ellos, a El lo visitamos...
Siento que Oscar, con su caminar dificultoso y su ceguera en su ojo derecho me vino a mostrar a ese Cristo. Siento que nuevamente he dejado entrar a Cristo en mi vida... Siento que de una u otra forma Cristo se muestra incluso arriesgándose a que desconfiémos de El...
Llegando al paradero vi que la 431, un recorrido nuevo, se acercaba,
vacío... Y me largué a correr para alcanzar la micro con una sonrisa...
"El Hombre Imaginario"
Nicanor Parra
El hombre imaginario
vive en una mansión imaginaria
rodeada de árboles imaginarios
a la orilla de un río imaginario
De los muros que son imaginarios
penden antiguos cuadros imaginarios
irreparables grietas imaginarias
que representan hechos imaginarios
ocurridos en mundos imaginarios
en lugares y tiempos imaginarios
Todas las tardes tardes imaginarias
sube las escaleras imaginarias
y se asoma al balcón imaginario
a mirar el paisaje imaginario
que consiste en un valle imaginario
circundado de cerros imaginarios
Sombras imaginarias
vienen por el camino imaginario
entonando canciones imaginarias
a la muerte del sol imaginario
Y en las noches de luna imaginaria
sueña con la mujer imaginaria
que le brindó su amor imaginario
vuelve a sentir ese mismo dolor
ese mismo placer imaginario
y vuelve a palpitar
el corazón del hombre imaginario